Categoría: Historias , 11 Setiembre, 2017

El misterio de la casa Quintela en Jaureguiberry

El misterio de la casa Quintela en Jaureguiberry

El Este uruguayo guarda muchas leyendas y misterios que encienden todavía más su encanto. Una de esas historias nos espera en Jaureguiberry,  el último balneario de Canelones yendo al Este, planificado y forjado por Miguel Jaureguiberry. Allí se esconde una casa con una historia misteriosa y atrapante: la casa Quintela, digna de una novela de Stephen King o del cuento “Casa Tomada” de Cortázar, que fascinó a algunos y ahuyentó a otros. Te invitamos a descubrir su cautivante historia.


¿Por qué “Quintela”?


La casa es conocida por ese nombre porque Quintela es el apellido de la familia que vivió allí durante más tiempo. Comprada por Hugo Quintela Guelfi, perteneció a la familia por 45 años: desde Enero de 1967 hasta el 12 de Diciembre de 2012. Casas en el Este pudo conversar directamente con uno de los protagonistas, Alejandro Quintela, que pasó gran parte de su niñez en esa casa, y nos contó los misterios que ella esconde y su historia. 




El origen: Los años dorados


Para entender la leyenda hay que remontarse a 1947, cuando la casa fue construida por Don Gayero. Era un hombre de gran poder adquisitivo, comerciante, fraccionaba terrenos y los vendía. Construyó la casa cerca del arroyo Solís Grande, prácticamente sobre las dunas mismas. Hoy Jaureguiberry es un balneario arbolado, con mucho verde y alrededor de 500 habitantes permanentes, pero en aquélla época era un lugar recién nacido y muy poco habitado, “absolutamente inhóspito”, subraya Alejandro Quintela. Para entender mejor el contexto: no había ruta Interbalnearia, ni luz eléctrica, ni servicios. Solo había un camino conocido como Camino del Indio, frecuentemente desaparecía bajo la arena y muchas veces estaba cortado.
 
La mejor manera de llegar era en tren hasta una estación, y cruzar el arroyo en bote, accediendo por el muelle viejo. Fue así como llegaron los materiales para construir la casa: cruzaron las distancias por agua en bote, y por tierra en tren y carreta. El constructor de la casa fue alguien de apellido Cabrera, quien años después también sería cantinero del club.


 
Las razones por las que Don Gayero se instaló en un lugar tan alejado e inaccesible, se debe a su esposa, una estanciera de Tacuarembó de apellido Quadros que según parece padecía una complicada enfermedad. Buscaba mejorar su salud con aire puro a orillas del mar, rodeada de naturaleza, algo que los médicos de la época solían recomendar.


Las primeras historias


Se cuenta que la esposa de Don Gayero nunca salía de la casa. Él, en cambio, era un hombre muy activo y comprometido con su comunidad: invitaba a los vecinos a grandes comilonas en la casa, ayudó a construir el Club, la plaza de deportes, construyó caballerizas y trajo caballos para recorrer los montes y los varios kilómetros de playas inhabitadas, además de contar con varios autos. Gayero era un amante de la pesca, y por eso tenía su propio bote a motor, que sería protagonista de la primera historia misteriosa...
 
En la casa, aún para la época era increíble la cantidad de comodidades con las que contaban: disponían de un gran generador de electricidad, calefacción central, incluso teléfono. Alejandro Quintela nos cuenta que Gayero “logró cruzar el cable por sobre el arroyo hasta la casa, recuerdo perfectamente las columnas desde lo del botero hasta casa, y las altas columnas de cada lado del arroyo”.
 

Antigua imagen aérea de Jaureguiberry
(fuente: https://jaurecologico.blogspot.com.uy/ )

Un día, Don Gayero salió de pesca como tantas veces. Aquella jornada estaba marcada por la desgracia y sería quizá el principio del misterio: en mar abierto sufrieron un accidente, y aparentemente quien acompañaba a Gayero murió ahogado. Luego de aquello nada fue igual. Gayero comenzó con problemas financieros, el recuerdo que quedó de él dice que estaba loco, y finalmente se fue. La casa quedó abandonada durante años. La leyenda dice que Gayero nunca más volvió al balneario… Hasta que la casa la compró Quintela.


La llegada de Quintela


“Mi padre se encontró con la casa de una manera fortuita y casual", nos contó Alejandro Quintela. Hoy diría que no fue casualidad, era el destino: en el año 1967, paseando en familia por los balnearios (nosotros todos chicos), nos encontramos con ese lugar mágico, mis hermanos y yo jamás lo olvidaremos… Llegando al final del camino, dándonos contra el médano, apareció aquella mansión fantasmagórica, asomada entre grandes y abandonadas lambercianas e inmensos eucalyptus por detrás”, recuerda Alejandro. 

“La curiosidad e inquietud de Quintela hicieron que sin permiso alguno saltáramos la misma portera que años anteriores trancó Gayero para no volver más. Recorrió el gran predio, las galerías, las caballerizas abandonadas, mirando los postigones colgando de lo alto, faroles caídos y enjambres de abejas entre los ladrillos. Ese momento quedó marcado para mi padre. Mi prima Ana, que también estaba con nosotros, dijo: ‘esta casa la conozco , vine un dia con mi papá hace años, es de un conocido de él’”.


Hugo Quintela Guelfi, con sus hijos Adriana, Gustavo y Alejandro (a quien entrevistamos para esta nota). El bote al fondo era de la familia, amarrado en el muelle del club.
 
Gracias al tío de Alejandro Quintela, su padre ubicó a Gayero en 15 días (recordemos que no había whatsapp ni internet… y que él nunca había vuelto a aquella casa). Compró la casa sin siquiera verla por dentro, en enero de 1967.

Las palabras valen más que mil imágenes


Entonces le preguntamos a Quintela: ¿qué fue lo que vio al entrar a esa misteriosa casa por primera vez, cerrada y abandonada durante años? 

No hay fotos de aquel día, pero las palabras valen más que mil imágenes. Alejandro tenía 6 años: “Inolvidable el instante en que abrimos la casa por primera vez junto a Gayero (la única vez que lo vi, y no tengo idea de cómo era su rostro)” nos cuenta que había “un olor a humedad y encierro que impactaba, el piso absolutamente tapizado de abejas muertas, algunos ratones que huían... Éramos mi padre, su hermano Mario y yo... Algunos mármoles de los pasamanos de esa señorial escalera tirados en el piso, faltaban 1 o 2 escalones, vacía totalmente, con la excepción de un pequeño escritorio de niños, una hamaca de jardín, y el teléfono a manija en un rincón del piso…”


La casa se resiste a los nuevos inquilinos


“La casa no se la hizo fácil a mi padre” subraya Alejandro. No pasó ni una semana de la firma de la compraventa, y un voraz incendio se desató en Jaureguiberry. Los vecinos cuentan que las llamas pegaban en los postigones de la casa pero el fuego se detenía en ellos, no se incendiaron. Sin embargo se quemaron los pinos alrededor del predio, las caballerizas, el quinchado desapareció junto con el parrillero, las cancha de bochas quedó inservible. “Aquello daba ganas de llorar” recuerda Quintela “pero la casa ahí estaba, ¡intacta!”. Algunos ladrillos chamuscados y nada más. “Esa casa es indestructible, será eterna” pensó Alejandro aquella vez.


La casa por dentro (foto familiar)
 
La reconstrucción de lo que consumió el fuego dentro del predio duró todo un año. La familia Quintela no tenía las mismas comodidades en la casa que Don Gayero. Alejandro recuerda que los primeros veranos eran sin luz eléctrica, su madre acarreaba faroles por las escaleras, la casa tenía velas por todos lados. De solo imaginarlo parece de película.

Si el incendio fue la primera medida de la casa contra sus inquilinos, la segunda pudieron ser los problemas económicos que la familia Quintela tuvo que enfrentar. En apariencia no tiene nada que ver, pero por culpa de esos problemas, la familia pasaba más de un verano sin ir a veranear a la casa (además que quien construyó la casa también pasó por problemas similares en su momento, como ya mencionamos). 

“Un policía de la comisaría informó que avisaron al teléfono de Vázquez (el único del balneario) que Quintela debía ir urgente a Montevideo por un problema en la empresa. Ese fue el comienzo de serios problemas económicos que hicieron que algunos años no pudiéramos ir a veranear. Yo relacioné aquel día clave en nuestra familia con la casa misma. Hubo varios veranos seguidos sin ir ni un día, estando la casa cerrada totalmente”.



A pesar de los problemas económicos y a diferencia de su predecesor, Quintela jamás quiso vender la casa. Un día volvió con Camila Vidal, su compañera de siempre, y nunca más se fue, se quedó allí hasta su muerte. En sus últimos meses de vida, con una enfermedad terminal a cuestas, Hugo Quintela Guelfi exigió que lo dejaran allí hasta su último aliento, se negó a recibir tratamiento alguno. Su hijo recuerda que “no solo esperó la muerte en su lugar, en su casa, sino que ordenó que dejáramos sus cenizas en la desembocadura, a pasos de su casa”.
 

Algo había


La casa era una referencia en el balneario de aquellos años. Alejandro Quintela es plenamente consciente de que la misteriosa casa generaba mucha intriga, y que como en toda pequeña población, las historias corren de boca en boca, crecen y cobran vida propia. “En nuestra infancia uno se creía todas esas cosas que se decían e inventaban sobre mi casa: vecinos, pescadores, parroquianos en el club, contaban historias seguramente inventadas”.

“Pero esas historias me cerraban con los ruidos que tenía la casa, entre postigones flojos, ramas o piñas que rodaban en esos techos de teja, viento que se colaba por la chimenea…”, se acuerda Alejandro. “En el garaje siempre había ruidos de canillas que goteaban, y el viento que soplaba por las cañerías de la calefacción abandonada…. Yo pensaba siempre que había alguien o en el garaje o en el tercer piso”.

Voces misteriosas y fantasmas


Luego del fallecimiento de Hugo Quintela Guelfi en julio de 2009, su señora volvió a Montevideo. En la casa quedó Lela, la fiel casera durante esos años, sola. Contó más de una vez que escuchaba ruidos y la voz de Quintela, “incluso afirma que lo vio en las escaleras y que le habló”.

“Hoy afirmo convencido que  esa casa tenía vida propia, que se adueñaba de la historia de todos quienes vivimos o veraneamos ahí, incluso hay quienes no quieren volver, ni quieren recordar la casa”, concluye Alejandro. “Mi madre quiso cortar con ella, la vendió por esa razón, le cuesta hablar de esos años.”



La casa hoy


La casa fue construida sobre un bañado que se rellenó cerca del Solís. Tiene 440 m2 construidos en 3 pisos, con ladrillo criollo, paredes dobles, varios techos a dos aguas con tejas, muy alta, con una larga galería que se enfrenta al mar y un balcón con una vista envidiable.
 
“La casa tenía ese aroma a eucalyptus, por ser la madera que se quemaba en la estufa, la cual se prendía en Abril y recién se apagaba en Noviembre aunque estuviera cálido, mi padre decía que lo hacía para matar la humedad, y el ruido de la noche era el de las olas”.
 


Un misterio impenetrable, una historia increíble, una casa de película en un lugar privilegiado, esos son los tesoros que tiene nuestro país, nuestro patrimonio y nuestra cultura. Agradecemos mucho a Alejandro Quintela por la disposición, su tiempo, todas las fotos que ilustran este artículo incluyendo la de portada (excepto la foto aérea), los datos y la confianza brindada. Conocimos así esta casa tan particular de primera mano: Alejandro fue (junto con su padre y su tío) el primero en entrar en aquella casa, y el último en salir.

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